La lógica de la literatura fantástica

En el siguiente ensayo, he pretendido mostrar una forma de vincular la lógica y la literatura fantástica, manifestaciones del conocimiento humano que usualmente y por desgracia, suelen considerarse oponibles o inconexas. La lectura de la parte I, II y III suponen una introducción necesaria para poder hilar las ideas concretas que se busca conectar en la parte IV, el lector, o la lectora, espero, sabrán disculpar su dilatación. Aunque una parte del rigor se ha perdido en el afán de reducir su extensión, creo sin embargo, que teniendo algunas nociones elementales de lógica, el texto es, en general, comprensible, y sus conclusiones en la parte V, suficientemente justificadas con las tres primeras partes. Las ilustraciones de este texto son creación del autor

Uriel Jesús Hernández Abúndiz

8/26/202622 min read

I
Un demiurgo Húngaro...

Nadie ignora que Goethe demoró casi 60 años en terminar su eminente Fausto. Tampoco ignoramos que los alemanes tardaron más de 600 años en finalizar la construcción de la Catedral de Colonia, o que la construcción de la gran muralla china, decretada, entre primaveras y el otoño, por el emperador Shih Huang Ti -que también dictó que se quemaran los libros anteriores a él- demoró más de dos mil años: olvidamos, sin embargo, que al ingeniero y violinista Janos Bolyai le tomó poco más de 20 años crear -en el más estricto sentido de la palabra- un mundo entero.

Janos Bolyai, nacido en 1802 en la ciudad de Kolozsvár (en esa porción de la tierra que antes se llamó imperio Austro-húngaro, y que hoy llamaríamos Polonia, y Eslovenia, y Croacia, y Hungría e Italia) elemento destacado en el cuerpo imperial de ingenieros, consumado violinista, imbatible esgrimista y geómetra entusiasta, recibiría a finales de 1820 una desoladora misiva de su padre, el célebre matemático Farkas Bolyai, respecto a su interés en un viejo problema de geometría:

“...Por amor de Dios te lo ruego, olvídalo. Témelo como a las pasiones sensuales, porque lo mismo que ellas, puede llegar a absorber todo tu tiempo y privarte de tu salud, de la paz de

espíritu y de la felicidad en la vida. Yo he atravesado esta noche

sin fondo, que extinguió toda la luz y la alegría en mi vida…” 1

Si bien la respuesta el joven Bolyai no fue inmediata, sí sería definitiva:

“...De la nada, he creado un mundo nuevo y extraño…” 2

Janos había resuelto, para sorpresa de su padre, un problema dos veces milenario. Había demostrado que el quinto postulado euclidiano era independiente de los cuatro primeros, siguiendo el razonamiento de negar el quinto postulado de diversas maneras y comprobar que de ello no se llegaba a ninguna contradicción, muy por el contrario, terminaría encontrando estructuras completamente autosuficientes y tan pulcras como la geometría conocida hasta aquel tiempo. Había arribado, así, a la existencia de nuevas geometrías, de nuevos mundos en los que pervivían entidades que iban más allá de la noción euclídea de la geometría.

Habría de publicar sus resultados como un apéndice a un libro de su padre 3; veinticuatro páginas le bastaron al joven Bolyai para crear un universo nuevo de posibilidades, veinticuatro páginas , lo probó Bolyai, son suficientes para iniciar una revolución del pensamiento.

El silencio posterior a ese escueta intervención solo puede servir como una enorme caja de resonancia que permite escuchar su voz, imberbe y grave, hoy día.4

II
“Nada hay fuera del texto”

El encuentro, por diversos matemáticos e investigadores, y en simultáneas aunque independientes investigaciones, de geometrías diferentes a la euclidiana, había sacudido a la comunidad, primero matemática, y seguidamente al mundo científico: Los fundamentos matemáticos habían sido puestos en duda como nunca antes; que un cuerpo de conocimiento tan aparentemente establecido, firme y consistente como el geométrico pudiera tener, de pronto, múltiples grietas, fue un hecho, como poco, desconcertante. El posterior encuentro con más huecos de los que se habían advertido hasta entonces en los fundamentos del arte matemático, impulsaron la necesidad de resolver las inconsistencias que pudiera haber, el primero de todos, redefinir, más allá de una perspectiva filosófica, el concepto de verdad: pues, como se había visto, un cierto postulado que intuitivamente pareciera “verdadero”, podría negarse y ello no implicaba que los resultados por esto generados, fueran, necesariamente, falsos o contradictorios entre sí. De manera que, palabras como verdadero, falso, válido, etc., necesitaban ser revisitadas y perfiladas con mayor cuidado.

Sería la lógica, (la lógica formal específicamente) la que, a la larga, y después de los más curiosos e ingeniosos vericuetos de la razón, llegaría a construir un nido firme donde las más diversas ramas de la matemática, descubiertas y por descubrir, podrían descansar holgadamente sus alas, para emprender luego un vuelo vigoroso y renovado, (por algún tiempo más). Todo debería encaminarse al más elemental principio, a la más absoluta abstracción: Habían descubierto mundos nuevos mediante la razón, y el medio para ello había sido el lenguaje, es decir, conceptos, ideas, traducidos en palabras, que era, al final de todo, texto, símbolos, formas y fórmulas relacionándose. El ser humano es un ente que piensa (pese a que algunos individuos se esmeran en demostrar lo contrario), y necesitamos esa capacidad precisamente para edificar el lenguaje; no obstante, necesitamos también del lenguaje para madurar el pensamiento. El lenguaje es por tanto; fundamento, cuerpo y extensión del razonamiento, es el inicio de la creación de mundos, y el medio para entenderlos.

La lógica formal pretende capturar y abstraer la esencia de entidades, que pueden existir en el mundo en que vivimos, o no, utilizando sistemas de símbolos. Privar al lenguaje de su contenido, y quedarse apenas con su forma, con la manera en que sus símbolos se relacionan, implica dejar de distraerse con nociones intuitivas relacionadas con los significados asociados a esos símbolos, que podrían no ser “completas”, o que podrían sesgar la parte del mundo perceptible (como ya había ocurrido con el caso de la geometría de Euclides). Más aún, permite llegar a esos “mundos extraños” que están regidos por símbolos concretos, por formas de relacionarlos, por reglas de estructuración y transformación. Una conclusión inquietante: la verdad es una cuestión, no solo enteramente circunstancial, sujeta a un contexto particular, sino también formal, sujeta su estructura, a su manera de presentarse.

Dado un alfabeto, es decir, un conjunto de símbolos, una manera concreta de relacionarlos (que con rigor, y no sin presunción, es a lo que se refieren otros cuando dicen “definiciones de fórmulas bien formada”) y reglas de manipulación de esos signos ( o las “reglas de inferencia”), todo lo que pueda desarrollarse de acuerdo a las reglas de manipulación puede, a su vez, considerarse como “verdadero” (o como los matemáticos prefieren decir: considerarse como “teoremas”), y lo es solo ese contexto, es decir, solo al amparo de ese cuerpo sintáctico y formal que lo engendra. Es notable que, en este sentido, la verdad no habla sobre lo que son las cosas en sí, no es una verdad definitoria; sino que habla sobre cómo es el comportamiento, o las propiedades de una entidad dada por la teoría. En virtud de lo anterior, si una forma es verdadera, independientemente del sistema formal en que se encuentre, y considerando las traducciones o, por decirlo así, considerando las prudentes colocaciones de sentido o significado a sus símbolos en otro sistema formal, esa forma determina algo “válido”.

Que todo lo válido sea, invariablemente, verdadero, y que, sin embargo, no todo lo verdadero sea válido es la clave de la construcción de realidades nuevas y fascinantes. Que sea válido escribir 2+2=4, y que pueda ser verdadero, invita a preguntar, en qué circunstancias podría no serlo, que tendría que significar “2” o “+” o “4”, para que la misma fórmula fuera incorrecta. Bolyai lo intuyó con una lucidez atronadora: Basta un sistema formal, -símbolos y reglas particulares para manipularlos-, para definir mundos, universos enteros habitados por entidades extraordinarias. Basta encontrar las variaciones adecuadas de las reglas que definen estos sistemas, para empezar a crear una multiplicidad de realidades. Que el lenguaje vivifica, anima y genera realidades varias, ajenas unas de otras, e igualmente valiosas.

Y es importante detenerse en este aspecto: Es sumamente ventajoso percibir las entidades matemáticas como “habitantes” de realidades distintas, entenderlas como algo "vivo", habitantes de universos extraños. Es cierto que parece baladí y peregrino pensar en una línea que palpita, o en un triángulo que transpira, una función que tímidamente se esconde entre las otras; la forma en que los objetos matemáticos viven trasciende el concepto de lo orgánico -a lo que nuestra realidad nos ha acostumbrado-; no se oxidan, no se quiebran, no se agotan; existen como solo ellos pueden existir 6. Intuimos, es decir, sentimos casi naturalmente, sin mediaciones de la razón, que estamos hablando de algo vivo, que se comporta de maneras específicas, que habita un entorno particular. Que estudiamos un mundo diferente, y que podemos acceder a él solo mediante la razón y un número finito de símbolos particulares.

Basta un lenguaje formal, con sus alfabetos, sus reglas de inferencia, sus axiomas, para empezar a acceder a otros mundos posibles. Es el “texto”, esto es, esos signos, simples garabatos escritos en una frágil página, lo que funciona como ventana, como mirador, habitadas por criaturas singulares, quizás diferentes de nosotros, pero reales (a su manera). Creamos, entendemos estos mundos a través de los signos, de símbolos, de abstracciones: ¿por qué no pensar, entonces, que es un lenguaje también, el que determina nuestro universo? ¿por qué no pensar en este espacio donde es posible que existamos, como uno más de los muchos determinados por las variaciones de “reglas” o “axiomas” particulares? ¿No vivimos en un universo que parece estar regido por ciertas leyes o reglas constantes?

No es que las leyes físicas o químicas (que, además, están enunciadas regularmente en un lenguaje matemático, esto es, acostumbramos perfilar al universo bajo la estampa de una ecuación, de una igualdad, de una relación entre signos), sean creadas y regulen, a nuestra voluntad, el universo que habitamos, sino que es mediante ellas que podemos llegar a acercarnos a entender cómo es que el universo en que estamos funciona. Notemos, porque es esencial darnos cuenta de ello, que no se crean esas leyes de la nada, vamos accediendo a ellas mediante la observación, la experimentación, el estudio, el método científico: el célebre físico, Richard Feynman, en una entrevista, explicaría este fenómeno que parece confundirse algunas veces de la siguiente forma7;

“... Consideremos un tablero de ajedrez, a sus piezas; nosotros podemos saber, consultando un libro o algún maestro que pueda auxiliarnos, las reglas del juego, en qué dirección han de moverse las piezas, en qué orden, etc. Pero, si en cambio, nosotros estuviéramos dentro del juego

viviendo dentro del tablero, como una pieza más y percibiéndolo como la realidad toda, ¿Podríamos

deducir cuáles son las reglas del juego? Si dedicamos tiempo a la observación, a la experimentación, al cálculo y razonamiento del comportamiento del entorno, descubriríamos, por ejemplo, que los alfiles ocupan siempre casillas del mismo color, o que las torres tienen un desplazamiento

enteramente rectilíneo, la compleja forma del desplazamiento del caballo por el tablero, etc…”

Podríamos acercarnos a las leyes que rigen el universo en que estamos (en este caso, un tablero). Todas ellas traducibles a lenguajes, a formulaciones simbólicas, a transformaciones estrictas de esas formas: a lenguajes formales.

Así, imbuidos como estamos en un universo particular, regido por ciertas normas, obediente a ciertos sistemas que podemos traducir simbólicamente, tendemos a pensar, muy como un geómetra previo al descubrimiento de las geometrías no euclidianas, que esa es la única manera en que pueden funcionar las cosas. Y llamamos, altivamente, cualquier ligera variación de esas reglas como algo ficticio, falso, ocioso o, si somos más osados: un juego de la imaginación, algo fantástico (utilizado este último término como algo peyorativo, algo que degrada o niega la noción de "verdadero" según nuestra realidad particular).

III
Lo fantástico

Los diccionarios perfilan lo fantástico como aquello quimérico, fingido, que no tiene realidad y consiste solo en la imaginación 8, etc. Es, desde luego, la literatura, el arte que, desde tiempos antiquísimos, sin una definición precisa de lo fantástico, se ha valido de nociones intuitivas para desarrollar todo un género.

Recordemos, por un momento, la voz de Louis Vax, que pensó en la literatura fantástica como aquella determinada por la intrusión, insólita, de lo “inexplicable” en nuestro mundo común y cotidiano 9; pensemos en una refutación breve: un fenómeno puede ser perfectamente lógico, real, “verdadero” en una realidad, y sin embargo, no siempre puede ser explicable por aquellos que lo viven, ya sea por lo sesgado de su percepción de los hechos, por una simple circunstancia de falta de herramienta conceptual para describirlo eficazmente, la realidad es a veces, tan atroz, tan terriblemente triste, o incluso tan bella, que ninguna explicación parece suficiente: el no poder explicar algo, no implica necesariamente que ese algo sea entonces, ficticio, imaginario o irreal.

Para entender las variedades de los relatos de este género Tzvetan Todorov propone 10 pensar que la literatura fantástica habla de describir hechos tales que, por el hecho de quedar inexplicados, no racionalizados, nos sugieren en efecto la existencia de lo sobrenatural; pero hay textos en los que lo sobrenatural viene, precisamente, de las explicaciones, piense en La lotería de Babilonia, de J.L. Borges, que transforma un acto común, como el vuelo de una paloma, o un encuentro casual, como el resultado de un extraordinario juego de azares, de resolución de suertes, de un mecanismo inhumano que nos involucra, como un germen, como un hilo conductor de todas las vidas, de un orden glorioso y que convierte cada acto, cada momento, en algo, en rigor, fantástico, o bien, obra de la fantasía, sólo percibida a través de la extensa explicación y racionalización del más mínimo y aparentemente insignificante evento de cada día.

Hay, sin embargo, una caracterización que sí es, a mi parecer, efectiva, (y casi definitiva): Rosemary Jackson plantea que lo fantástico no es un género sino un modo de construir una realidad, y que la literatura fantástica se basa en que el texto obliga al lector a vacilar entre explicaciones naturales y sobrenaturales de lo sucedido, extendiendo este sentimiento de duda, perplejidad e indecisión que caracteriza la vacilación, hacia el personaje y rechazando tanto la interpretación alegórica como la poética a la cual se tiene que enfrentar el lector. 12

IV
Un modo de construir un mundo

Los lenguajes formales, determinan espacios donde entidades particulares pueden existir, justificadas simbólica y sintácticamente. Pensemos en los axiomas, los hechos, las reglas que determinan el espacio en que habitamos; Pensemos, por ejemplo, en las leyes de termodinámica, que abstraen mediante símbolos el comportamiento de la energía, de la temperatura, de sistemas particulares; en la gravitación universal, en las ecuaciones de Maxwell, para fenómenos magnéticos y eléctricos, en la relatividad, etc. ¿Qué dicen del universo que conocemos? ¿Cómo nos dejan ver de qué manera funciona esta realidad? Si, como el joven Janos Bolyai, nos permitiéramos preguntarnos cómo sería el universo determinado por la ausencia, por la negación de alguna de ellas, por ejemplo, la segunda ley de termodinámica, esa regla fatal y bella que dice los fenómenos físicos son irreversibles, y que la entropía no hace sino aumentar con el tiempo, ¿Cómo sería ese otro universo? ¿Qué ocurriría en él? ¿no es esto justamente el principio de la idea de lo fantástico según Rosemary Jackson?

Recordemos -y no es, en ningún sentido, una memoria ociosa- el cuento “El conde de Saint Germain”, de Giovanni Papini, bello por lo simple de su argumento: El relato consiste en contar la fugaz conversación que tuvieron, alguna vez, dos hombres. En este relato de corte fantástico, -pronto veremos porque- el sensato Goggins, cínica encarnación de todo lo que está mal con occidente, se encuentra, a bordo del “Prince of Wales”, con el Conde de Saint Germain, (enigmático hombre en el que convergen la figura de un violinista, un cortesano, un aventurero, un inventor y un alquimista), para preguntarle sus impresiones del mundo. ¿Qué hay de fantástico en todo esto?, ¿Qué puede haber de imaginario e irreal en pensar que dos hombres hablan entre sí? Algunos biógrafos -y todo esto es un hecho real, quiero decir, no en el cuento de Papini, sino en nuestra realidad- datan la muerte del conde en 1748, en el castillo de Eckernfoerde, a los 87 años. Hay, sin embargo, documentos oficiales que prueban que asistió a la recepción de un emperador ruso en 1786, documentos donde se verifica su encuentro con la condesa de Adhemar en 1789. Un inglés, de nombre Vandam, afirmó haberle reconocido en 1847, durante un paseo matinal. En 1896, se firman papeles que acreditan su matrimonio con una mujer de apellido Besant (El conde tendría entonces 235 años, e insisto, esto no es parte del cuento, los papeles son reales, la firma, aparentemente auténtica). El hecho es -y esto es absolutamente desconcertante- que Goggins sabe algo sobre lo dicho anteriormente:

“... Había leído hacía poco, por casualidad, un artículo en un magazine sobre el conde inmortal, y no fui atrapado, por fortuna, desprevenido…13”

nos dice él mismo, antes de hablar de su encuentro con el conde.

De manera que Goggins sabe que habla con un hombre aparentemente inmortal, y le pregunta, en función de esa condición, qué opinión le merece el mundo que ellos habitan, -y es preciso pensar que es suyo, es decir, que ese mundo es necesariamente diferente del nuestro-. En nuestra realidad, donde la segunda ley de la termodinámica es aplicable a esa “máquina térmica” que es el cuerpo humano, y que por lo mismo está sujeta a la entropía, y por lo tanto a la mortalidad, el caso del Conde de Saint Germain, es fácilmente explicable argumentando un error en los documentos, en los nombres, en las fechas antologadas por los historiadores, sabiendo que, por la simple conciencia del proceso de entropía en sus células, debió morir en algún momento muy cercano a 1748. No así para la realidad de Goggins, donde, de hecho, el Conde sigue desfilando cómodamente por el mundo bien entrado el siglo XX, dando fe de su condición de aparente inmortalidad, es decir, de su libertad o independencia de la ley segunda de la termodinámica. Esto implica -notemos esa sutileza- que la realidad en la que habitan, es una donde puede haber elementos para los que, esa curiosa regla que nosotros llamamos “segunda ley de termodinámica”, no se cumple. Viven en un universo dado por un sistema de reglas ligeramente diferente del nuestro, y que, por lo tanto, puede admitir desarrollos curiosos como el del conde. Papini ha creado así, como el joven Bolyai, una realidad diferente, y a la vez consistente (a tal grado que en una primera lectura es fácil confundir su realidad con la nuestra), mediante una simple negación de algo que parece evidente y necesario en nuestra realidad.

A mitad del relato, El conde nos explica:

“...En la antigüedad e incluso en la Edad Media, se recordaban todavía algunas verdades elementales que la orgullosa

ignorancia científica ha hecho olvidar. Una de estas verdades es que no todos los hombres son mortales…”.14

Para después responder a la curiosidad de Goggins, cuando este le cuestiona si, después de todo, es o no inmortal:

“...No he dicho esto. Es necesario distinguir entre inmortalidad e inmortalidad. Las religiones saben desde hace miles de años que

los hombres son inmortales, es decir, que comienzan una segunda vida después de la muerte. A un pequeño número de esos está

reservada una vida terrestre tan sumamente larga, que al vulgo de los efímeros le parece inmortal…”. 15

Una vez más, como en el caso de Bolyai, reparamos en el hecho de lo delicado e importante de saber negar una circunstancia: No es que el conde no pueda morir, no es que existan inmortales como cabría imaginarlos en nuestra realidad, no le está vedada esa posibilidad; sin embargo, es verdad que ese otro mundo, admite una forma ligeramente distinta de vida, una mucho más prolongada. Más aún, Papini se permite, como un buen geómetra, investigar y pensar en las consecuencias de esta circunstancia, poniéndolas en boca del elocuente conde:

“...Después de un par de siglos, un tedio incurable se apodera de los desventurados inmortales. El mundo es monótono, los hombres no enseñan nada, y se cae, en cada generación, en los

mismos

errores y horrores. Los acontecimientos no se repiten, pero se parecen…Terminan las novedades, las sorpresas, las

revelaciones. Se lo puedo confesar ahora que solo nos escucha el Mar rojo: mi inmortalidad causa aburrimiento.”16.

Suspendamos, por ahora, la feliz memoria de ese relato, y pensemos en cambio en el cuento “El inmortal” de Jorge Luis Borges. El argumento, aparentemente simple, es el siguiente: Mostrar la traducción de un manuscrito antiguo, donde un soldado griego relata cómo se convirtió en inmortal, y sus impresiones del mundo. Es necesario diferenciar al relato anterior de el que ahora nos ocupa: Antes vimos que, si bien, la vida del conde de Saint Germain es duradera, también es un hecho que eventualmente podrá morir, es por decirlo de alguna manera, inmortal parcialmente, no así para el incógnito soldado griego de Borges.

Al principio de “El inmortal”, nos es referido el encuentro entre un soldado y un moribundo jinete de oriente, que le dice estar buscando

“el río que purifica de la muerte a los hombres”.17

El jinete muere, y el soldado emprende su viaje para encontrar aquel río ignoto. Eventualmente, el soldado encuentra el río, eventualmente se percata de un hecho oscuro: que, en efecto, le ha sido vedada la muerte luego de sumergirse en sus aguas. Una vez más, nos encontramos con un mundo que no difiere demasiado del nuestro, pero que, por la sola existencia de ese río misterioso, y lo verdadero de su leyenda para los elementos de la realidad que el cuento determina, no puede ser ya igual al mundo que nosotros habitamos. Borges ha negado, de manera absoluta, la regla sobre la mortalidad de los hombres que rige nuestra realidad, más aún, explicita la manera que ha seguido para esa negación mediante el río. Como Bolyai, como Papini, Borges desarrolla su teoría, y nos habla de las consecuencias, alejadas de toda contradicción o inconsistencia, que este hecho tiene para la realidad:

“... En un plazo infinito le ocurren a todo hombre todas las cosas.

Por sus pasadas o futuras virtudes, todo hombre es acreedor a toda bondad, pero también a toda traición, por sus infamias del pasado o del porvenir…”18

Empieza a relatar el soldado, para después llegar a conclusiones que, sin dejar de ser lógicas, se vuelven cada vez más inquietantes, sobre aquellos que se habian, como él, sumergido en el río de los inmortales:

“... En primer término, los hizo invulnerables a la piedad. He mencionado las antiguas canteras que rompían los campos; un hombre se despeñó en la más honda; no podía lastimarse ni morir, pero lo abrasaba la sed; antes que le arrojaran una cuerda

pasaron setenta años…”

El soldado deduce también:

“Todos los inmortales eran capaces de perfecta quietud; recuerdo alguno a quien jamás he visto de pie: un pájaro anidaba en su pecho”. 20

El soldado, sospechando -deseando quizás- una realidad donde la inmortalidad le está vedada, concluye:

“...La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Éstos conmueven por su condición de fantasmas. Cada

acto que ejecutan puede ser último; No hay rostro que no esté por

desdibujarse como el rostro de un sueño.Todo entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y lo azaroso. Entre los

inmortales, en cambio, cada acto (y cada pensamiento) es el eco de otros que lo antecedieron, sin principio visible, o el fiel presagio de otros que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo…”. 21

Así, Borges, negando la misma condición que Papini en su respectivo relato, pero de manera diferente, arriba a una realidad que dista de la nuestra y simultáneamente, de aquella en la que habita amargamente el Conde de Saint Germain de Papini. Más aún, como Papini, sabe deducir conclusiones bellas e interesantes, aplicables, ciertamente, a esa realidad particular, pero también extrapolables (al menos parcialmente) a la nuestra.

Finalmente, consintámonos recordar ese extraordinario relato, que aparece en las páginas de “Las ciudades invisibles” de Ítalo Calvino, sobre la ciudad de Eusapia.

Calvino nos describe la curiosa ciudad de Eusapia, donde los habitantes construyeron, bajo tierra, una copia idéntica de su ciudad, con el propósito de llevar ahí a sus difuntos, a sus cadáveres desecados, para que sigan con sus actividades, oficios y goces llevados a cabo en vida.

Calvino empieza, desde aquí, a imaginar un proceder lógico de los habitantes de la ciudad:

“...Claro está, son muchos los vivos que piden para después de muertos un destino diferente al que ya les tocó: la necrópolis está atestada de cazadores de leones, mezosopranos, banqueros,

violinistas, duquesas, mantenidas, generales, más de cuantos haya contado nunca ciudad viviente…”. 22

El escritor, nos comunica después que, quienes acompañan a los cadáveres al lugar deseado, son parte de una cofradía de encapuchados. Estos incógnitos personajes serían, además, los únicos que saben qué es lo que ocurre en la ciudad de los muertos. Y es aquí, a mitad del relato que la intromisión de lo puramente fantástico se hace presente, Calvino escribe:

“... Dicen que la misma cofradía existe también, entre los muertos y que no deja de echarles una mano: los encapuchados, después de muertos, seguirán en el mismo oficio también en la otra Eusapia, se da a entender que algunos de ellos, ya muertos, siguen circulando arriba y abajo…”. 2

La cofradía informa que, a veces, al bajar, encuentran cambios en la otra Eusapia, los muertos toman decisiones, y modifican cuidadosamente algunos aspectos de su entorno. Por ello, los vivos, empiezan como aquellos, a introducir también cambios con algún cuidado, y con alguna semejanza con aquellos que la cofradía relata. Calvino finalmente concluye:

“Dicen que esto no ocurre sólo ahora: en realidad habrían sido los muertos quienes construyeron la Eusapia de arriba a

semejanza de su ciudad. Dicen que en las dos ciudades gemelas no hay ya modo de saber cuáles son los vivos y cuáles los muertos”.24

Ítalo Calvino, de una manera originalísima, incurrió en la negación, como Borges, como Papini, del principio que determina la mortalidad de los hombres, pero lo hace de una manera aún más curiosa que ellos. No imagina un mundo donde es posible vivir durante más tiempo, o donde es posible hacerlo indefinidamente, Calvino encuentra, justifica y muestra una realidad extraña donde “vida” y “muerte” no significan un criterio para diferenciar a sus elementos, es decir, donde no tiene sentido distinguir entre lo “vivo” o lo “muerto”. Todo esto mientras el mundo es tan parecido al nuestro, donde la luz es como nuestra luz, donde el tiempo pasa como nuestro tiempo, donde la gente ama, teme, desprecia y goza -más allá de la vida o la muerte- como amamos, tememos, despreciamos y gozamos nosotros mismos, en nuestra acotada condición de vida.

Mediante el lenguaje, el texto, la literatura crea: mediante una astuta, específica, e imaginativa negación de reglas, de nociones y percepciones de nuestra realidad, nos muestran, nos permiten fisgar otras realidades, otros mundos, otros universos. Ahora hemos visto tres ejemplos muy particulares, que determinan posibilidades de ser distintas mediante las formas de negar un mismo postulado que aquí -en esta realidad que habitamos- se cumple. Y el mismo método, el mismo modelo y estructura, es aplicable a una cantidad ingente de cuentos, de relatos, de novelas y textos en general que usualmente se reconocen como “fantásticos”.


V
La lógica de la literatura fantástica

La lógica formal, esa curiosamente eficaz invención de los seres humanos, mediante su entendimiento de la abstracción, de la significación, de la interpretación de los símbolos y las formas, nos ha permitido acceder a mundos de conocimiento, a instancias del saber, a realidades alternas que, pese a su singular y extranjera manera de existir, de ser y de estar, pueden entera o parcialmente, manifestarse en el mundo que conocemos, y todo esto solo a través del lenguaje, de los signos, de las formas. Y, siendo esas mismas sus herramientas, la literatura puede ser una forma más, quizás tangencial, si somos rigurosos, pero no por ello ignorable, de esta manera de acceso al conocimiento. Hemos visto que, mediante el lenguaje, el texto, la literatura crea, y mediante una astuta, específica, e imaginativa negación de reglas, de nociones y percepciones de nuestra realidad, nos muestra, nos permite fisgar otras realidades, otros mundos, otros universos. Hemos visto tres ejemplos muy particulares, que determinan diferentes posibilidades de ser mediante las distintas formas de negar un mismo postulado que aquí -en esta realidad que habitamos- se cumple. Y podemos pensar que un subconjunto de la literatura fantástica ha sido creado, si bien, quizás no conscientemente, usando esta metodología. Más aún, podemos pensar que aún hay muchos cuentos por descubrir auspiciados por este método. Piense el lector en cualquier “obviedad “de esta nuestra realidad, poseer una sombra o no, ser abrasado por el fuego o no, regurgitar de pronto, un montón de conejos, o no, el hecho más natural, el más intuitivo que pueda, e imagine una circunstancia donde pueda negarlo. Detrás de cada certeza, asoman mediante su variación o su negación (sus múltiples negaciones) un mundo fantástico, una forma distinta de ser que, puede terminar hablándonos de nosotros mismos, que puede ayudarnos, que puede resultar de utilidad, y aun si no lo hace, que vale la pena en ser percibida, y valorada por su existencia, como un hecho estético.

El arte, y en este caso particular, la literatura fantástica, puede ser un medio tan altamente eficaz como la matemática, para alcanzar el entendimiento, la comprensión, de esas otras realidades que no siempre son iguales a la que nosotros vivimos. Quizás lo sea un poco más, porque un texto literario no busca -en general- un lector especializado; no le habla a un matemático, a un físico, a un ingeniero, a un químico, sino al ser humano que hay en todos ellos, y busca encontrar los hechos valiosos en tanto su humanidad, y no una selectiva y regularmente sesgada percepción.

Que una realidad sea ligeramente diferente de la nuestra, no la convierte, de ninguna manera, en una realidad inadmisible, despreciable o ignorable: muchos hechos verdaderos podemos obtener de considerar esos otros mundos, esas otras formas de la experiencia. Lo fantástico ha sido reducido, demasiadas veces, al entretenimiento. No neguemos esa condición suya, pero no reduzcamos su valor a ella. Lo fantástico es esa otra forma de existir, esa otra forma de ser, que no siempre es la nuestra, y que felizmente podemos aprender a descubrir, amparados por la lógica, por la razón, por el entendimiento y la humanidad que poseemos. Y lo fantástico, es siempre accesible en la literatura, y lo sabemos ahora, también en la matemática.


Referencias 
  • Carl B. Boyer (2010). Historia de la matemática XXIV. La época heroica de la geometría. (décima edición) Madrid: Alianza editorial, p. 674. 2

  • Dénes, Tamás (enero de 2011). Real Face of János Bolyai (PDF). Notices of the American Mathematical Society 58.. 3

  • El libro en particular es el volumen nombrado “Tentamen”, un tratado de geometría elemental y algunas observaciones puntuales a algunos resultados del mismo Farkas Bolyai. 4

  • Aunque posterior a su muerte se encontraron más de 15000 páginas de manuscritos matemáticos,

  • (relacionados esencialmente con teoría de números complejos y diversas geometrías) el joven Bolyai no lograría publicar más que esas 24 páginas. 5

  • Derrida, Jaques. (1986) De la Gramatología. II. Naturaleza, Cultura, Escritura. (Cuarta edición). Siglo XXI editores, p. 20, 6

  • No parece necesario, pero es un exceso admisible en este caso, anotar un ejemplo breve: basta recordar que a nadie le parece excesivo cuando, a mitad de una clase de álgebra, de pronto, la persona encargada de la lección dice que un tal elemento "vive" en este o aquel conjunto, y de pronto, es más fácil entender la noción de lo que ocurre en el problema; La propuesta es simple: No pensemos en ello como abuso de lenguaje, sino como una descripción categórica del fenómeno. 7

  • Naukas Bilbao (archivo de 2013). Entrevista a Richard Feynman. Euskal Telebista. 8

  • Fantástico. (n.d.) Diccionario Enciclopédico Vox 1. (2009), y Fantástico. (n.d.) Gran Diccionario de la Lengua Española. (2016). 9 Vax, Louis. (1960) Arte y literatura fantásticas. Las fronteras de lo fantástico. . EUDEBA, Buenos Aires. p, 6. 10 Tzvetan Todorov. (1981) Introducción a la literatura fantástica. Premia editora de libros s. a. 12

  • Jackson, Rosemary .(1981) Fantasy. The Literature of Subversion. London, Methuen & Co, . La presente traducción al castellano se hizo sobre la base de la edición electrónica de Taylor & Francis/Routledge, 2009. 13

  • Papini, Giovanni. (1931) Gog. El conde de Saint Germain. Editorial epoca, S. A. p, 271 14 Ibid. p, 173 15 Ibid. p, 173 16 Ibid. p, 277 17

  • Borges, Jorge. (1949) Borges Esencial. El Aleph, El inmortal. Real academia española, edición conmemorativa. p, 132. 18 Ibid. p, 140 19 Ibid. p, 140 20 Ibid. p, 141 21 Ibid. p, 141 22 Calvino, Italo. (1998). Las ciudades invisibles. Las ciudades y los muertos. 3. Siruela, Biblioteca calvino. p. 121 23 Ibid, p, 122 24 Ibid. p, 122


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